El árbol de la vida
El espíritu del todo y de la nada, se encontraba totalmente abstraído en su meditación; quería resolver de alguna forma, cómo captar al hombre en su máxima potencialidad y a la vez darle herramientas para que se viera tal cual es. ¡De pronto, recibió la luz! Y nació en él, la idea de crear un nuevo árbol en una nueva tierra y que este, contuviera el verdadero fruto de la sabiduría. Desde donde se encontraba, –allí en el espacio muy arriba observó el infinito y los rayos que dan forma de luces a todas las cosas.
Entonces comenzó: Le fue dando a cada rama un número y este, era un ser o su necesidad. ¡Él, que tenía la potencia del universo!, ¡quién representaba lo infinito!, ¡quién era simbolizado nada menos que por el mismísimo cero!
Él, coronó entonces al hombre con el uno, a través de un rayo blanco, que encierra todos los colores del arco iris. Así fue el comienzo, el principio de esta gran obra. El uno, sería la raíz invertida surgiendo del cielo. Luego fue el dos, con su energía femenina cargada de fertilidad, formando la dualidad que los llevaría a la trinidad, concreta e inteligente en el hijo esperado. Pero, necesitaba darles sustento y abundancia; y tuvo que crear el cuatro, representante del agua, la tierra, el aire y el fuego: los elementos. Y les dio un cinco, quien al igual que una estrella, los alumbraría desde el firmamento. Viendo a esos ramajes como brazos en búsqueda de caricias, creó el seis, para que existiera el amor, que uniría a todos con la calidez del sol. Sin embargo, en su afán de la máxima expresión, sería un soplo de sí mismo, quien engendraría el más sutil de todos, el místico siete. Entonces, se sintió muy satisfecho por su creatividad y queriendo darles ese mismo don, los colmó de talento, inteligencia y comprensión; así surgió el ocho. Ya rebosaba pleno de felicidad, tanto, que revoloteaba con alas de ángel, mirando esa perfección. Y ahí fue donde observó que algo faltaba: aquella rama que contuviera todas estas virtudes; y esta, sería la nueve. La que además, tendría la gran responsabilidad de transmitirle a la diez todo lo esencial, para que el hombre comprendiera que todo puede comenzar y terminar en el mismo punto. Que sin embargo es tan eterno como infinito, que hasta lo fugaz es permanente y lo permanente –por obvio–, no siempre lo ve.
Después de esto, habiendo concluido su propósito, entonces sí, el espíritu del todo y de la nada, se sentó otra vez a meditar.